Sobre la música:
Musicalmente esta ópera pretende hacer todo tipo de artificios con la orquesta. Probablemente si la orquesta hubiese sido más reducida y con menos artificios la ópera se hubiera escuchado tal vez más atractiva y menos agobiante. La idea principal de una ópera en cuanto a su música es que todo cuanto coadyuve a la trama sea relacionada, tenga una sintaxis clara y que a través del sonido mismo la comprensión de los estados de ánimo, de las situaciones distintas de un transcurso teatral sean más comprensibles. Eso ha sido ineludible en toda la historia de la música occidental, en los distintos períodos de ésta: el barroco era prodigo en retóricas musicales, el clasicismo hace lo suyo aportando mayor racionalidad, pero también mostrando algunos códigos artificiosos elocuentes; la ópera romántica es clara en el fluir de emociones y afectos propios del período.Esta ópera, musicalmente, a mi juicio presenta una dicotomía entre lo que el drama teatral propone y lo que la música hace. En el fondo, la música se transforma en un ingrato acompañante de lo teatral, un "convidado de piedra", lleno de figuraciones sin sentido de clarinetes y flautas, notas excesivamente tenidas, golpes "armónicos" (si se pudiera llamar) de tubas que tampoco tienen una relación con lo que ocurre en el escenario, y una batería de percusiones absolutamente innecesaria. "Poco es mucho", dicen.
Las partes cantadas no están en mejor posición. Las melodías de los solistas tienen un movimiento tan lento que a la larga comienza a sentirse la acción casi como en cámara lenta. Los textos redundan y y la música así mismo se detiene innecesariamente, no hay un fluir, no hay un canto bello sino más bien un "llenar de notas" las voces de los solistas, tratando de abarcar ampliamente sus registros, produciendo de ese modo melodías abigarradas, pesantes y de mal gusto. Mención aparte merece el uso de modismos en el texto de la obra. Un ejemplo: una palabra como "huevón", cuya entonación es tan peculiar en nuestro lenguaje nacional, y por cuya declamación es reconocido el acento chileno dentro del idioma español, es utilizada de una manera tan ridícula y siútica, que en verdad no pareciera ser dicha por los personajes de la ópera, en su mayoría extraídos del pueblo llano. Es más llenador del espiritu escuchar esta chilena palabra en canciones populares, folclóricas o picarescas, en donde es más probable escucharla de manera más natural y graciosa. Se nota que quien compuso esta ópera jamás ha pasado un minuto de su vida compartiendo con los personajes cercanos a esta ópera, y si en caso que él utilizara la palabra "huevón" por ejemplo en su lenguaje diario, sin duda que lo debe hacer de una manera muy siútica y sin substancia, ridiculizando obviamente nuestro acento chileno. Los cantantes sin duda merecen ser felicitados por el esfuerzo. Carmen Luisa Letelier, en el papel de la madre del recluta nº2, pese a ser poca su aparición, realizó su parte de manera sobresaliente. Lo mismo para Juan Pablo Dupré, Sergio Gallardo y Marcelo Miranda, en los roles de los reclutas. Pablo Oyanedel, que personificó al comandante en jefe, pese a su excelente dominio vocal, lamentablemente, por culpa de la orquestación y de la falta de brillantez de su intervención melódica, no pudo sobresalir con la grandeza debida en su condición de general que da la cara ante lo sucedido. Sobre los coros, se pudo haber aprovechado de mejor manera el coro masculino. Una ejecución con timbre másculino, a 3 ó 4 voces, habría arrojado una serie de efectos vocales que habrían hecho más interesante el transcurso de esta ópera. De las partes corales creo yo que se debe haber esperado mucho más: el pueblo, representado en los militares malogrados y sus familiares, pudo haber tenido mayor brillantez, expresividad, haber mostrado la angustia de las horas en el Servicio Militar, la preocupación de los mismos ante la proximidad de la muerte, el dolor y la pena de los familiares ante la absurda muerte que se los llevó. Sin embargo el autor optó por un camino inerte, sin expresividad, sin conmoción, sólo con absurdos efectismos que más parecen dejar a relucir las credenciales de un compositor que someramente domina variados lenguajes musicales sin dar a alguno de ellos ninguna relación o conducción lógica. No por menos resulta insuperable constatar, para quien domina medianamente el análisis musical de una ópera, que los coros en muchos casos de la literatura musical son en sí verdaderos personajes, que le dan expresión y carisma a cualquier ópera. Cito: Mozart, en prácticamente todas sus óperas, pero en particular obras como "La Flauta Mágica", en la que los coros de los finales de cada acto son majestuosos, y despliegan juicios o ideas, a modo de resumen, del sentir de la ópera, compartido por el público que lo escucha. Verdi, en "Va Pensiero, sull'alli dorate" de la ópera Nabucco, un coro sencillo de una mera línea melódica, presenta un anhelo de esperanza y libertad de un pueblo oprimido, en una época en donde dicho tema era obligado en la patria italiana y por tanto era imperioso que una obra calara hondo en quien la oyera. Richard Strauss, en "Salomé", una ópera en la que la acción individual es mayoritaria, se presenta un simpático y útil coloquio entre los sacerdotes, que a modo de contrapunto exponen de manera clara, y a su vez efectista en cuanto música y teatro se refiere, las opiniones propias de la tradición judía que supuestamente hablan de la venida del Mesías. Puccini, en "Nessun Dorma", de la ópera Turandot, el solista es acompañado, casi como una caricia, por el coro femenino, el cual genera el ambiente que lleva a ese emocionante y glorioso final del número de dicha ópera.La dirección de la orquesta, en manos de José Luis Domínguez, no admite discusión: cualquiera que sepa llevar un pulso con una mano y dar las entradas a los instrumentistas con la otra debería ser director de orquesta. Hasta un carabinero podría hacerlo mejor, sin agraviar. Definitivamente soy un convencido que no basta tener el puro instinto musical para pararse frente a una de las orquestas más importantes de Chile y más encima dirigir una ópera. Hay que tener además otras condiciones...
Sobre lo teatral:
Sobre el drama teatral de esta ópera, derechamente la música de esta obra es la que entorpece todas las acciones. La lentitud y el estiramiento innecesario a mi juicio de la corriente melódica que invade esta ópera perjudican también las alternativas que la ópera como teatro puede ofrecer. Yo creo firmemente que si la ópera hubiese sido más osada, menos efectista y hubiese respetado el tema principal de esta obra, cargada de emotividad, de acción, de dolor y por último de respeto hacia los soldados mártires de la patria, habríamos tenido ante nuestros ojos y oídos una ópera de calidad, fluida, veraz, y también realista en mostrar la historia que la opinión pública no conoce sobre este hecho que enlutó a Chile (en otras palabras, con menos recursos, como se estila actualmente en la música, el producto musical es más legible). Sobre esto último quiero hacer hincapié: la señora Paulina Urrutia, producido el estreno se refirió a que el arte es rupturista y crítico desde lo que está representando, y que esta ópera sería un claro ejemplo de ello. Por un lado me extraña que ella, que ha sido una actriz fundamental en el desarrollo del teatro en Chile afirme tal cosa, pero a su vez no me extraña que ella, que ha sido una pésima Ministra de Cultura y que ha cedido vilmente a las granjearías políticas en favor de la "elite cultural" y en desmedro del verdadero arte chileno, lo diga, pues al ver y revisar y analizar profundamente esta ópera, ésta en resumen muestra sólo hechos que todos a través de los medios de comunicación en su momento nos enteramos, y no muestra siquiera una mueca de crítica hacia quienes ocasionaron este daño. Personalmente yo esperaba ver más rudeza, crudeza y realidad en especial en el trato que los "pelados" reciben durante el servicio militar, cosa que se mostró en la ópera de manera muy somera, casi de manera ridícula (probablemente ideada de una persona que jamás en su vida vivió el rigor de la disciplina militar en algún regimiento de nuestro país), además por culpa del lento desarrollo de las acciones. En palabras más simples: quienes vimos esta ópera, imparcialmente, no podríamos generarnos una opinión a partir de lo que se vio, lo cual hace peligroso para una sociedad que no se generen estos espacios, pues si bien una obra de arte es una representación, es algo ficticio, el arte también es la reacción que los seres humanos tenemos ante la naturaleza y ante nuestro quehacer como humanos, la cual necesitamos representar para revivir, reconsiderar, aprender, juzgar y sentirnos identificados, por lo que cualquier obra de arte, aun siendo ficticia, contiene también en sí misma hechos u actos reales.
Conclusiones finales:
El género operístico es sin duda el más popular de los géneros de la música de tradición "docta". Hablar de algo docto supone tal vez encontrarse con algo elevado, urdido y elaborado con criterios superiores. Sin embargo en mis años como músico, desde que empecé hace 20 años aprendiendo el piano y cantando en un coro de niños, he ido aprendiendo que el mote de "docto" no tiene total validez. Digo esto desde dos puntos de vista distintos, de quién ejecuta y de quién escucha. Puede sonar a cliché el decir que la música tiene mucho de social, por el impacto, trascendencia y transfiguración que una persona o grupos humanos pueden tener en torno a la organización voluntaria del sonido. La ópera, en este sentido, es la que genera el mayor impacto: es dable que ocurra que al compartir con personas comunes y corrientes, al sólo mencionar el término "ópera" encontramos que la gente conoce a exponentes como al fallecido Pavarotti, Domingo, Carreras, Verónica Villarroel o Cristina Gallardo, tan en boga en estos días, entre otros, o bien recuerde números operísticos como el "Brindis" de La Traviata, el "Va pensiero" de Nabucco, la obertura y el "Largo al Factótum" del Barbero de Sevilla, el aria de la "Reina de la Noche" de la Flauta Mágica, y otros. La ópera es el género que más acerca a la gente común a la música "docta", por el atractivo que produce la feliz unión entre la música, el teatro, la literatura, el diseño y la danza, y porque esta comunidad de disciplinas artísticas hace que el público se sienta más que cercano, identificado entre todo esto. Por otro lado, desde el púlpito del intérprete, compositor, arreglista, profesor o musicantes todos, constatamos en nuestro quehacer profesional que en verdad el término "docto" en la música está muchas veces de sobra, pues al analizar y tener todos los detalles de una música cualquiera ante nuestros ojos, vemos que la sencillez, la sobriedad, y también la osadía y el rupturismo (casi como contradictorio), han hecho que las grandes obras de la música occidental sean lo que son: grandes. Y sorprende por lo demás encontrarse con que muchas de estas obras recurren a poquísimos recursos para convencer a quién lo escucha, muchas veces echando mano de influencias muy simples y también simpáticas como del repertorio popular. Qué felicidad da al notar que el tema del cuarto movimiento de la sinfonía nº5 de Beethoven no era sino un extracto de una ronda infantil por allá por el siglo XVIII-XIX. Qué regocijo produce que los valses de Strauss, que en nuestro medio chileno es resistido por los academicistas, ridículamente sobrevalorado por la elite, y tan común en el mundo de los comunes, no era más que la música popular del siglo XIX, lo que hoy sería equivalente a pertenecer a algún ranking de música.
Ante el estreno de esta ópera, mi situación como músico nacido desde lo popular y formado en lo "docto", y con todas las convicciones formuladas anteriormente, cifraba muchas esperanzas en ver en esta ópera reflejado de un modo real, concreto, audaz, y a su vez de manera cálida y sencilla, a nuestros modos y costumbres, en atención a la propaganda de ópera "nacional chilena" que se le dio en los días anteriores al estreno, de modo de sentir el mismo orgullo que en su momento los bohemios debieron haber sentido al haber visto "La Novia Vendida" de Smetana, o lo que los húngaros sintieron al verse reflejados en "Barba Azul" de Bartók, o lo que nosotros los mismos chilenos vemos con orgullo en el logro que significan para nuestro acerbo cultural obras como "La Pérgola de las Flores" o "La Negra Ester" (no esperaba por cierto, si es que alguien cree que yo esperaba eso, que esta ópera se transformara en una vulgar coreografía de cuecas y tonadas). Sin embargo, la sensación que queda al ver, revisar y recrear a través de los detalles de este escrito, la ópera "Viento Blanco" de Sebastián Errázuriz, es de la decepción más grande que queda luego de ver una obra que no supera a las otras pocas de su mismo género creadas en Chile. Sin caer en el prejuicio, con esta ópera tiendo a confirmar mi parecer hacia la chusma que habita y ronda el Teatro Municipal, ignorante y presuntuosa, y viene a mostrar cómo una elite percibe a su propio pueblo, como si en verdad fuéramos extraños, foráneos ante sus ojos, y constatar a su vez cómo el arte chileno cada vez está más lejano de Chile, cómo el arte "oficial" sigue estando en manos de estas elites culturales, que se arrogan la razón y el derecho de representar en un escenario un país que no existe sino en la mente castrada de sí mismos, y cómo la "chusma" que dirige este tipo de iniciativas pontifica sobre lo que claramente queda demostrado en mis palabras, no tiene competencia para pontificar.
Y en diciendo esto, concluyo diciendo que, así como óperas como "Lautaro" y "Caupolicán", sobre "Viento Blanco" espero que ésta haya sido su estreno e inmediata muerte. Pero, en el orden de cosas que estamos en Chile, es probable que la mediocridad supere a la cultura.